domingo, 25 de enero de 2026

PETRÓLEO, INTERVENCIÓN Y CAPITAL

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La reciente captura de Maduro marca el fin, por si quedaban dudas, de una época ya acabada. No solo no hubo resistencia popular a la intervención estadounidense sino que el líder fue entregado desde adentro del chavismo.

Está clarísimo que Estados Unidos no combate el narco, que el Cártel de los Soles no existe y que se trata de una violación a la soberanía nacional y el Derecho Internacional. Hay que ser muy iluso para suponer lo contrario o para exigir que EE.UU. se apegue a la ley.

También es claro que el régimen venezolano implica una catástrofe social que expulsó a cerca de ocho millones de personas y lleva adelante un férreo proceso persecutorio y represivo con miles de presos políticos y ejecuciones extrajudiciales. Este proceso no se dio solamente contra la oposición burguesa, gendarmes argentinos y excandidatos a presidentes: se trata de sindicalistas, trabajadores, activistas y referentes de pueblos indígenas.(1)

La cantidad de emigrados significa que cerca del 20% de la población venezolana está viviendo en el extranjero. Así y todo, no hay trabajo o hay trabajos mal pagos, algo conocido en Argentina. Pese a la pérdida de millones de personas del mercado laboral, existe una gran cantidad de población sobrante para el Capital. Venezuela registró una sostenida hiperinflación al menos desde 2017 hasta 2020, que llegó en 2018 a una inflación interanual de 130.060% según el Banco Central de Venezuela y de 1.698.488% según la oposición parlamentaria.

Evidentemente la “revolución bolivariana” es un fracaso indefendible. Los venezolanos no emigran por diferencias políticas, aunque los chavistas de todo el continente consideren lo contrario. En este marco es que debemos interpretar, aunque no acordemos o nos parezcan razones limitadas, el resentimiento de tantos venezolanos con el régimen que los expulsó o los condena a la miseria en su país de origen.

El petróleo venezolano

No obstante Venezuela posee las reservas más grandes del mundo, actualmente sólo produce entre 800.000 y 900.000 barriles de petróleo diarios (bpd) debido a la falta de inversión y problemas de infraestructura. En sus momentos de mayor productividad llegó a más de 3,5 millones de bpd. Arabia Saudita, en un cercano segundo puesto en cuanto a reservas, produce alrededor de 10 a 10.5 millones de bpd. China es actualmente el principal destino del petróleo venezolano, pero se trata de un fenómeno reciente ya que hasta hace algunos años era EE.UU. Mientras Chávez vociferaba que “ni una gota más de petróleo les llegará a Estados Unidos”, la administración venezolana del hidrocarburo se basaba en su relación con las empresas norteamericanas. Por eso insistimos en que cuando de líderes burgueses se trata, es conveniente prestar más atención a las cuentas que a sus discursos. Una lectura bien simplista diría que EE.UU. quiere recuperar ese lugar, pero fue este mismo país el que impuso sanciones desde 2017 a la inversión en Venezuela y a la compra del petróleo venezolano. El crecimiento durante la última década de los vínculos comerciales con China y Rusia por parte de Venezuela no se producen como una búsqueda por ganar mayor autonomía frente al “imperialismo yanqui”, sino porque los capitales norteamericanos dejaron de invertir en el país y de comprar su petróleo (con la importante excepción de Chevron).

Durante los ‘90 Venezuela sufrió un deterioro de sus sectores no petroleros, fundamentalmente de las industrias que abastecían el mercado interno amparadas en la renta petrolera, para convertirse gradualmente en un país dependiente de las importaciones para su reproducción. En síntesis, su ordenamiento económico dejó de ser similar al argentino y comenzó a asemejarse al chileno. Con los precios internacionales del petróleo más altos de la historia a inicios de los 2000, la renta petrolera hizo posible un aumento del consumo en Venezuela, pero con un escaso desarrollo de la estructura productiva no petrolera del país. El desplome del precio del petróleo hizo que esta reproducción de la fuerza de trabajo por parte del Estado fuera completamente insostenible y la continuidad del régimen solo pudo ser garantizada por una profundización del ajuste y un crecimiento de la represión. Este proceso coincide en buena medida con la llegada de Maduro al poder. Adicionalmente, se da la caída del sector petrolero mencionada al comienzo, que agravó la situación social en el país. El desplome en la producción de petróleo se debe principalmente a que sus inversores extranjeros fueron haciendo bajar la producción hasta la llegada de las sanciones por parte de EE.UU. La caída del precio de esta commodity a nivel mundial, sumado a la especificidad del petróleo venezolano, que compite con el petróleo pesado canadiense en el abastecimiento de los EE.UU., llevaron paulatinamente a la inactividad de los pozos venezolanos.

En EE.UU. hay intereses contrapuestos en torno a Venezuela. Las empresas que explotan el petróleo en suelo estadounidense a través del fracking apoyaban el bloqueo, las sanciones y la parálisis productiva venezolana, mientras que las refinerías estadounidenses y las petroleras que participaban y participan de la explotación petrolera en Venezuela bregan por la intervención en el país y un futuro restablecimiento de dicha explotación. Pareciera que ha ganado la segunda opción pero se trata de una opción a largo plazo sin total certeza de que ocurra, dados los precios internacionales. Surge, así, la pregunta por los motivos más inmediatos de la intervención. Uno de ellos es el cobro de la enorme deuda externa venezolana con acreedores norteamericanos, sumado a que China se venía cobrando en barriles de petróleo las deudas de Venezuela acumulada tras años de importaciones. Sin embargo, el motivo más mencionado respecto de los sucesos actuales es el de la disputa geopolítica y la guerra comercial entre China y EEUU, en la que este último buscaría desplazar a la primera del mapa latinoamericano y de su acceso al petróleo venezolano (el cual venía obteniendo por debajo de su precio debido al bloqueo).

El problema de la mirada geopolítica es que no explica los motivos de fondo de las disputas. La obsesión por el control de los flujos de capital aparece en el marco de un estancamiento económico y de sobreproducción a nivel mundial, donde la competencia adopta sus facetas más extremas y de coerción más directa. Entonces el discurso nacionalista y anti-imperialista se reafirma sobre la base de la agresión extranjera, sin comprender la dinámica que llevó a dicha situación. Dicha dinámica, en el caso venezolano y a pesar de los encendidos discursos nacionalistas, dependió del precio internacional del petróleo, su comercialización a nivel mundial, y su explotación en conjunto con capitales principalmente estadounidenses.

Durante el ascenso del chavismo el nacionalismo vino a justificar la consolidación de la población sobrante para el Capital con una estructura clientelar por parte del Estado, condenando a la miseria a millones de personas mientras se comerciaba petróleo sin ningún reparo ideológico. Durante la caída del chavismo, el nacionalismo viene a decirnos que todo es responsabilidad de quien fuera su principal socio comercial. En lugar de partir de lo local para analizar su relación con el resto del mundo, como necesita hacer el nacionalismo, debemos partir de lo mundial y general para entender las especificidades locales.

En este sentido, el análisis de la crisis de sobreproducción en ciernes resulta fundamental para entender la dinámica mundial del Capital y su escalada bélica, así como el análisis de la renta de la tierra es fundamental para comprender la particularidad de la región latinoamericana donde vivimos, la reproducción del capital que opera a nivel local y nuestra reproducción como vendedores de fuerza de trabajo.(2)

La caída del socialismo del siglo XXI

El concepto de “socialismo del siglo XXI” adquirió difusión mundial cuando fue mencionado en un discurso por el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, a comienzos de 2005 en el V Foro Social Mundial. Sus líderes asociados fueron Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, y Luiz Lula da Silva en Brasil. Era la época de oro de una economía en alza en América Latina.

En los decenios previos, las dictaduras militares de los ‘70 y los posteriores gobiernos en los ‘90 tuvieron por función adaptar el continente a una nueva etapa. En Argentina sabemos ya de la desindustrialización (es decir, la liquidación de capitales ineficientes) y la caída salarial. Sin olvidar todo el “costo” humano que ello implicó.

Entrado el nuevo siglo comenzó otra fase ascendente de la economía en la región. Eso no significó plenitud para el proletariado, como suponen quienes creen en la “teoría del derrame” o los beneficios de la “lluvia de inversiones”. No es casual que los herederos locales del difunto socialismo del siglo XXI hoy no repudien a China como polo imperialista. Es que para esos tiempos, China se desarrolló y exigió la importación alimentos, principalmente soja en nuestro caso. Su crecimiento exponencial produjo un ciclo alcista gracias a la exportación de materias primas. No hay socialismo del siglo XXI sin comercio con China.

El BRICS es una asociación, grupo y foro político y económico internacional que surgió en “oposición” al G7. Una asociación económico-comercial conformada por las cinco economías nacionales emergentes de la década de los 2000 –Brasil, Rusia, India, China– que adoptó su nombre definitivo en 2010, tras la incorporación de Sudáfrica, a la ya existente organización BRIC. Este es el contexto de los populismos latinoamericanos.

De esta manera, con ganancias producto de los precios de las materias primas, el kirchnerismo incorporó miles y miles de proletarios al trabajo precarizado, el empleo privado subsidiado y al empleo estatal. La famosa “inclusión”. La fuente de este “crecimiento” fue el agro, la misma fuente que en Brasil, en Venezuela y Ecuador fue el petróleo, en Bolivia el gas.

Estas masas de dinero no solo dieron respaldo a encendidos discursos, a veces hasta pretendidamente revolucionarios, sino que fueron la tentación y causa de sendos problemas de corrupción en cada uno de esos gobiernos. Confiando en la exportación de materias primas, ese dinero se utilizó para sostener proyectos de corto alcance, como reproducir al proletariado sin invertir en producción. Es decir, hubo dinero para sostener el relato y para ayudas sociales y subsidios.

Pero nada dura para siempre: sobrevino la crisis de 2008, junto al desplome del precio de las materias primas. Maduro continuaba a fuerza de menor democracia, y en el resto de los países aparecían los derechistas Macri y Bolsonaro para administrar la caída. Su orientación política no requería cortar relaciones con China. Incluso el expresidente Macri, que no es precisamente una luminaria, lo señaló a fines de 2025: «China es más complementaria que Estados Unidos para Argentina. China necesita nuestra materia prima, nuestros alimentos. Estados Unidos, todo eso lo produce. Culturalmente, hay una enorme distancia entre uno y otro, pero no creo que sea bueno interrumpir ese proceso».

Por otra parte, el discurso populista desarrollista de productividad e industrialización que rivaliza con los derechistas no se condice con la alianza con China, ya que esta sostiene una economía basada principalmente en producir materias primas. No se trata más que de otra variante capitalista, lo que señalamos es que con esta opción ante un desplome de precios o crisis puede suceder lo que en Venezuela: un país con recursos sumido en la miseria que expulsa a ocho millones de habitantes. Sería extraño que en esas condiciones su propia población saliese a defender al régimen.

 

Notas:

1. En 2013 publicábamos «Capitalismo del siglo XXI» (nro. 7) donde hacíamos referencia al asesinato de Sabino Romero, referente de las luchas del pueblo yukpa. Sobre el régimen chavista, ver también «El mito de la izquierda se cae de maduro» (nro. 15, 2014). Recomendamos también: Venezuela y la izquierda, charla de A. Bonnet y F. Souza disponible en YouTube, y «Represión en Venezuela y el silencio de la izquierda» (2019) de Rolando Astarita.

2. Sobre la renta petrolera en Venezuela, ver Artículos sobre la crisis venezolana. El proceso global de acumulación de capital y la contracción de la renta de la tierra petrolera, de Kornblihtt, J., Dachevsky, F., & Casique Herrera, M. (Larga Marcha. Santiago de Chile, 2024) y la reciente entrevista a dos de sus autores: Política venezolana y renta petrolera, disponible en YouTube.

¿ANTI-IMPERIALISMO?

Extractos de «Notas sobre la invasión de Venezuela por parte de los Estados Unidos», Crítica Desapiedada (Brasil, enero de 2026)

Reducir el anti-imperialismo a una simple postura “anti-EE. UU.” es caer en una doble trampa. En primer lugar, porque el imperialismo no es una disposición moral, cultural o psicológica de un Estado específico, sino una forma histórica de competencia internacional entre países capitalistas, en la que los Estados nacionales, el capital y los aparatos militares se articulan para asegurar mercados, rutas estratégicas, materias primas, tecnología, control monetario y dominio geopolítico. El hecho de que Estados Unidos siga siendo el polo central de la violencia internacional “legítima” no elimina ni relativiza la existencia de otros polos imperialistas ya consolidados y en proceso de consolidación, con sus respectivas redes de poder, cadenas logísticas y mecanismos financieros que estructuran una verdadera cartografía armada de la apropiación de la plusvalía.

En segundo lugar, la lectura “anti-estadounidense” suele ir acompañada de un paquete ideológico que funciona como mecanismo de ocultación de las relaciones de clase. Categorías como “soberanía nacional”, “autodeterminación de los pueblos” y “defensa de la democracia” se movilizan de forma abstracta, desplazando el conflicto del terreno material de la explotación a un plano moral y jurídico. Se habla de nación para ocultar las clases sociales; se invoca al pueblo para disolver al proletariado como clase históricamente revolucionaria; se exalta la democracia para naturalizar la forma política del capital. En la práctica, este discurso da como resultado la defensa del capital local (nacional), de su subdivisión (estatal) y de sus fracciones, como si la burguesía más débil (“periférica”) fuera un antídoto contra el imperialismo, cuando en realidad constituye uno de sus engranajes fundamentales. (…)

El ascenso chino, basado en una fuerte intervención estatal, el control de sectores estratégicos y la expansión externa a través de inversiones y créditos, no rompe con la lógica imperialista, sino que la actualiza bajo nuevas formas. Del mismo modo, Rusia actúa como potencia imperialista regional, buscando reafirmar su influencia en Europa del Este y en el espacio postsoviético, utilizando el poder militar, la energía y las alianzas para garantizar su posición en la jerarquía mundial.

A nivel regional, esta reorganización adquiere contornos aún más nítidos. En Extremo Oriente, China proyecta su hegemonía sobre el Sudeste Asiático y zonas del Pacífico, disputando rutas comerciales, cadenas productivas e influencia político-militar. En Europa del Este, Rusia actúa como polo imperialista regional, en choque directo con la expansión del bloque euroatlántico, convirtiendo a la región en uno de los principales frentes de la guerra interimperialista contemporánea. En América Latina, Estados Unidos sigue tratando al continente como una zona prioritaria de influencia, no solo por razones históricas, sino por su actual centralidad estratégica: recursos naturales, biodiversidad, energía, control territorial y contención de la presencia china.

Pensar en los bloques de intereses regionales en el continente americano exige reconocer que América Latina no es un espacio “al margen” de la disputa, sino un territorio clave para la recomposición hegemónica de los Estados Unidos. La intensificación de las sanciones, las intervenciones directas, los golpes institucionales, la tutela política y la presencia militar deben entenderse como parte de una estrategia más amplia de reafirmación del poder imperialista estadounidense frente al avance chino en la región, especialmente a través de inversiones en infraestructura, minería, energía y logística.

(…) La hegemonía se reorganiza, pero la lógica permanece: la del capital en busca de valorización, ahora cada vez más mediada por la fuerza armada y la intervención militar abierta. Ante este escenario, ningún Estado nacional escapa de las garras de los conflictos interimperialistas y una revolución proletaria deberá, necesariamente, afirmarse como una revolución mundial.

¿LA XENOFOBIA SE VOLVIÓ DE IZQUIERDA?

Si aún es posible hablar de derecha e izquierda, vale este título. Lo mismo sosteníamos al comienzo del artículo «Lo posmo se volvió de derecha» (nro. 99), donde hacíamos un juego en relación al libro titulado ¿La rebeldía se volvió de derecha?

El patrioterismo ya no es tanto un signo de identidad de derecha sino de izquierda. Una derivación posible es el anti-imperialismo anti-EE.UU que supone no hay otros países imperialistas, o en todo caso que son menos malos, aliados necesarios. Todas las formas de anti-imperialismo nos vienen a decir que no hay clases, sino países opresores y oprimidos; que la burguesía local nos explota porque estaría al servicio, no de la ganancia, sino de intereses yanquis; que ya no serían explotadores, sino cipayos. Es una manera de preservar intocable el modo de producción capitalista, muy efectiva porque siquiera lo reconoce.

Si seguimos esa lógica también hay explotados cipayos; en resumidas cuentas, quienes no se identifican con las políticas progresistas. Si algo caracteriza al gran y difuso campo de la izquierda argentina es que define de acuerdo a su moral y no a consideraciones materiales de existencia. Un trabajador es “pueblo” si piensa como ellos, si no su participación en dicha categoría entra en riesgo.

General y lamentablemente, el proletariado no se moviliza por causas profundas sino parciales. Esto no solo es propiedad de la izquierda. Muchos migrantes venezolanos anti-Maduro festejaron la caída del sucesor de Chávez. Esto liberó a muchos progres para poder sacar su xenofobia sin culpas ni miramientos: en redes sociales abundaron comentarios violentos hacia los migrantes, los exhortaron a que se vuelvan a su país, se burlaron de sus precarios trabajos (figurándoselos como repartidores de app, haciendo de paso otra discriminación). Emitieron estas agresiones como si no fuese evidente que Venezuela está sumida en la miseria y por eso es que migró un quinto de su población en los últimos años, como si ser repartidor de una app fuese una opción del amplio mercado laboral.

Pero, ¿qué es la xenofobia? Es el rechazo y hostilidad hacia personas extranjeras o percibidas como diferentes por su nacionalidad, cultura o etnia. Tiene poco de “fobia” (miedo), ya que es originada por prejuicios y estereotipos negativos sobre lo foráneo, lo desconocido. Se trata, al fin y al cabo, de la competencia entre proletarios que viven en un mismo país: los locales presumen tener más derecho al trabajo y ayudas sociales que los extranjeros. ¿Será acaso la competencia entre precarios del mismo nivel? ¿Por eso el ensañamiento argentino con los “venecos”?

Patriotismo progre

El patriotismo toma fuerza cuando en los sucesivos ajustes, en vez de enfrentar al Capital en su conjunto, la rabia se dirige solo a los grandes capitales y por ende a la defensa de los pequeños. Pequeños, pero capitales al fin.

¿Qué es, sino la desesperación ante las importaciones? Una defensa indirecta de la industria local con precios que pulverizan nuestros salarios ante el peligro inminente de la pulverización de puestos de trabajo. Encontrarnos en una encrucijada no significa tener que tomar partido por unos u otros capitalistas. Mínimamente, tenemos que comprender en qué encrucijada nos encontramos y cuáles son sus características; no recurrir automáticamente al nacionalismo para pasarla mal patrióticamente.

El nacionalismo, ya no exclusivo de los conservadores, se convirtió en credo progresista. Incluso la izquierda acusa a la derecha de traición a la patria. Los nacionalistas izquierdistas insisten en que sus nacionalismos no tienen nada que ver con el nacionalismo de los fascistas o los nacionalsocialistas, y que el suyo es un nacionalismo de los oprimidos que ofrece no solo la liberación individual, sino también cultural. Para refutar estas pretensiones es necesario comprender la división de clase de la sociedad capitalista, la absurda arbitrariedad de las fronteras nacionales, y partir del mercado mundial para comprender los desastres locales.

El pueblo argentino

Se puede agrupar a “los venezolanos” de acuerdo a prejuicios y experiencias, así como puede hacerse con “los argentinos”, pero sabemos que muchas veces lo único que tenemos como común denominador es el DNI.

Números atrás proponíamos desnaturalizar la población porque la población no es un simple amontonamiento de seres humanos, no es un hecho natural. La producción y reproducción de la población son históricas, y cada modo de producción supone un desarrollo particular de su población tanto en su cantidad como en sus características.

Dado que no queremos hacer economía ni política, coincidimos con Marx en su apreciación sobre la población publicada en Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (“Grundrisse”, 1857). Cuando consideramos un país desde el punto de vista económico-político comenzamos por su población. Parece justo comenzar por lo real y lo concreto. Sin embargo, la población es una abstracción si dejamos de lado las clases que la componen. Estas clases son, a su vez, una palabra vacía si desconocemos los elementos sobre los cuales reposan: el trabajo asalariado o el Capital. Estos suponen intercambio, división del trabajo, precios, etc. Si comenzáramos, pues, por la población, tendríamos una representación caótica del conjunto y, precisando cada vez más, llegaríamos analíticamente a conceptos cada vez más simples: de lo concreto representado llegaríamos a abstracciones cada vez más sutiles hasta alcanzar las determinaciones más simples. En este punto, habría que emprender el viaje de retorno hasta dar de nuevo con la población; pero esta vez no tendríamos una representación caótica de un conjunto, sino una rica totalidad con múltiples determinaciones y relaciones. («Natalidad y Capital en Argentina», nro. 100)

De este modo, un pueblo es algo construido y representado. Existe, sin embargo, la forma de categorizarlo no es natural, la manera de designarlo es política. No existe a la espera de ser reconocido y tener significado, es algo totalmente construido. Sin lo que “pasionalmente” conocemos como pueblo, la razón de Estado carecería de sentido. Los propios límites geográficos gracias a los cuales se puede definir “el pueblo argentino” se establecen a partir del Estado argentino. Primero el Estado, después su pueblo; jamás al revés. En su acepción más corriente, para que exista un territorio determinado debe existir un Estado determinado. («¿Al gran pueblo argentino, salud?», nro. 86)

“Fuera yanquis”

Quienes van a pagar caro la invasión estadounidense y el complejo industrial-militar son  los propios habitantes de Estados unidos. Un país con desocupación, una salud pública paupérrima, donde los adictos mueren en las calles y el dinero se utiliza para mayor ganancia: un país capitalista como corresponde.

Pero entonces, ¿por qué la obsesión con la consigna “fuera yanquis de América Latina”? ¿Por qué reducirlo a una cuestión de países? ¿Por qué no molestarse por los negociados chinos o rusos en el mismo territorio? ¿Se tratará de una tara setentista o simplemente automatismo ideológico?

Si hay algo que puede aunar a la izquierda, es esa imprecisa consigna: la selección obsesiva de un enemigo, que es el Capital más grande de una comparación muy limitada y que nos dice: el capital extranjero no permite el desarrollo de “nuestramérica”. Entonces, el nacionalismo vendría a ser aliado de los oprimidos. Esto no es simplemente una apología de la patria y el Estado, sino principalmente del Capital y, especialmente, de los capitales ineficientes. Lo ocurrido en Venezuela es un reparto forzoso del botín, donde capitales más desarrollados, por ende más productivos, se imponen a capitales ineficientes.

Se suma el comodín del antifascismo, que sirve para designar todo lo que desde la izquierda no es amigo y, por tanto, es enemigo; surge la figura del “facho pobre”, o el “pobre de derechas”. Para los herederos del socialismo del siglo XXI, son quienes merecen las burlas cuando sufren o se quedan sin trabajo. Por su parte, el ala más a la izquierda del progresismo (los trotskistas, por ejemplo) también se burla o los desprecia. No sorprende pues que, según su lectura, cuando los pobres votan un proyecto nacionalista burgués se hallan más cerca suyo que cuando no lo hacen. Por eso, durante los últimos años en Argentina se dedican a seguir la agenda del peronismo y a convencer a sus militantes de que las verdaderas tareas nacionales y democráticas las harán ellos.

Por nuestra parte, insistimos con una vieja consigna: “el proletariado no tiene patria”. Se trata de una perspectiva de lucha contra el nacionalismo, para evitar ser carne de cañón en las guerras, en las crisis, en la explotación cotidiana. Es cierto que no podemos fingir que los países no existen, y mucho menos abstraernos de las particularidades regionales. Pero, en modo alguno, podemos olvidar que el modo de producción capitalista es mundial, y que un migrante nunca es nuestro enemigo.

NUEVA EMISIÓN DE TEMPERAMENTO RADIO

En este programa número 75 continuamos reflexionando en torno a la salud mental. Esta vez, en base a «Mas allá de Amnistía. Autolesión y revuelta» (Lazo Ediciones, 2025) sumando «Una vida sin sentido» del grupo N+1 (traducción de Grupo Barbaria) y «Realismo Capitalista» de Mark Fisher.

Disponible en nuestro canal de Youtube, Archive y Spotify.

domingo, 7 de diciembre de 2025

"AMIGOS Y ENEMIGOS": LA DISTINCIÓN DE LO POLÍTICO

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Es un secreto a voces cómo el amplio pero difuso espectro peronista y el amplio pero también difuso espectro liberal se necesitan uno al otro para mantenerse en carrera. “La grieta”, en Argentina, es una expresión usual para referir a una suerte de polarización política y cultural. Consiste en una división binaria y maniquea, es decir, una manera de reducir la sociedad a una oposición entre lo correcto y lo incorrecto, entre buenos y malos. Pero es algo más complejo que una grieta o una distancia: es un vínculo incestuoso de competencia e imitación.

La distinción entre amigos y enemigos es necesaria para hacer política, para aspirar a gobernar desde el Estado y administrar la economía capitalista, o para apoyarlo “en las calles”. Pero más allá de la política se evidencia el lugar de esas contraposiciones cuando vemos su interdependencia, que los enemigos de ayer pueden ser los amigos de hoy, y que ambos lados de la distinción existen en tanto roles necesarios de una dinámica de acumulación que los excede. Desde una perspectiva revolucionaria, ¿de qué nos sirve posicionarnos en esas polarizaciones? Además, cabe subrayar que emplear el vocablo “amistad” para estas cuestiones es cuanto menos incómodo.

La oposición amigo-enemigo no tiene por finalidad pues la neutralización del oponente sino todo lo contrario, el enfrentamiento permanente mantiene viva la dinámica y preserva la existencia mutua.

A partir de Carl Schmitt (1888-1985) –autor de El concepto de lo político, libro en el cual teoriza y defiende dicha distinción– podemos afirmar que lo político no existiría sin la figura del enemigo. El reconocimiento de ese otro permite la construcción de la propia identidad política. La construcción y mantenimiento del enemigo es fundamental para la reproducción cultural y moral de los buenos. Esto sucede simétricamente a ambos lados de la escisión. Es psicológicamente conveniente tratar al enemigo como si fuera lo contrario a uno, y por tanto lo malo, ya que la definición de enemigo es delineada por quienes se consideran a sí mismos buenos.

En política, el enemigo no se vuelve tal a partir de una serie de conclusiones sino al revés: porque se lo define como enemigo se comienzan a enumerar sus horrores. Horrores que en el bando propio pueden no ser tales. Vistos de afuera, ambos rivales comienzan a volverse indistinguibles entre sí. A medida que su oposición se intensifica, sus comportamientos se mimetizan, son “gemelos” en su obsesión. Gobierno y oposición, no importa quién es quién sino que cumplan su rol, para lo cual suponen tener diferentes modelos, distintos proyectos de país. A pesar de personificar intereses de sectores capitalistas específicos, la dinámica de conjunto de la acumulación se impone. Desde hace varios años esta es inestable, sin un horizonte definido. Se trata de un contexto de estancamiento económico con polarización y alternancia política que realza la utilización de la distinción amigo-enemigo.

“Argentinos de bien”

En campaña o en plena función de gobierno, Javier Milei y La Libertad Avanza, se dirigen a sus interlocutores como «argentinos de bien». Se trata de la imagen trillada de los ciudadanos representantes del esfuerzo laboral y la honestidad. Una imagen nada más, a la que esta vez agregan otras características: no forman parte de la “casta” ni “viven del Estado” (delicada expresión en un país en el cual la reproducción de gran parte de la población depende de las ayudas sociales) y se jactan de no sucumbir al “marxismo cultural”.

La representación política en esta democracia representativa es circular: no solo los representados eligen a sus representantes, los representantes eligen a sus electores haciéndolos sus representados. Cada líder produce su narrativa para dirigirse específicamente a su interlocutor terminando de darle forma al tipo de ciudadano que busca representar. De este modo, el trabajador precarizado o el emprendedor, excelentes recipientes para el discurso liberal, terminan de delinear su subjetividad.

Así, los «argentinos de bien», aquellos ciudadanos que sienten no haber sido escuchados por el Estado, son subjetivizados precisamente desde el Estado. El relato precisa de los otros, “mandriles”, quienes quieren destruir el país, la propiedad, la familia o la distinción de género (suena tentador pertenecer a ese otro pero no se trata más que del peronismo y sus colectoras).

«La batalla cultural se rige por las reglas universales y atemporales de la política, a las que ellos han sabido adaptarse bien. Ahora nos toca a nosotros superarlos, porque, además, nosotros somos mejores en todo, y ellos van a perder contra nosotros». Esta frase de Milei condensa todo un proceder, no solo respecto de la utilización del nosotros y el ellos sino también porque evidencia la importancia de la imitación.

“El pueblo argentino”

“El conductor” produce una narrativa de pueblo al otorgarle un origen y un destino. La masa de población se reconoce pueblo cuando hace omisión de sus determinaciones materiales y hace suyo el proyecto del conductor que es, circularmente, el deseo del pueblo. Así, se llega a conclusiones como “el pueblo argentino es peronista por naturaleza”. Pero ya “el pueblo argentino” es una construcción social determinada por la organización en naciones de la acumulación de capital con su división internacional del trabajo. Por otra parte, ningún pibe nace peronista ni “argentino de bien”.

«El “pueblo” es un concepto que no distingue entre explotadores y explotados, no es más que una construcción del Estado que constituye el orden dominante.

La población existe, sin embargo, la forma de categorizarla no es natural, la manera de designarla es política. No existe a la espera de ser reconocida y tener significado, es algo totalmente construido. Sin lo que “pasionalmente” conocemos como pueblo, la razón de Estado carecería de sentido. Los propios límites geográficos gracias a los cuales se puede definir “el pueblo argentino” se establecen a partir del Estado argentino. Primero el Estado después su pueblo, jamás al revés. Es de esta manera que decenas de poblaciones y comunidades quedan encerradas en las fronteras de la Argentina. En su acepción más corriente, para que exista un territorio determinado debe existir un Estado determinado.

“El pueblo” no es un dato de la naturaleza, ni una clase social, siquiera un grupo sociológico, hay que construirlo y representarlo. Acontecimientos como las guerras, los mundiales o ciertos sucesos culturales refuerzan el concepto y ayudan a experimentarlo como realidad. Porque no es que no exista, existe como fuerza social. La vieja consigna de “el proletariado no tiene patria”, se trata de una perspectiva de lucha contra el nacionalismo, para evitar ser carne de cañón en las guerras, en las crisis, en la explotación cotidiana. Pero no podemos hacer como si no estuviésemos nacionalizados.» (¿Al gran pueblo argentino, salud?, La Oveja Negra nro. 86)

Surgen dos categorías de ciudadano: los nacionales y populares, los “hombres de buena voluntad” (Perón dixit); y del otro lado: los cipayos, los vendepatria, los enemigos del pueblo. Se trata de una categoría moral, que ni siquiera priva de hacer negocios cuando es necesario porque, como afirmaba Schmitt: «El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo; no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer negocios con él. Simplemente es el otro.»

Así las cosas y, doblepensar mediante, tanto la voluntad del líder como la del movimiento (que ya no se considera simplemente el partido representante de los “intereses del pueblo”, sino directamente “el pueblo”) identifican su posición con la de la nación, con los “verdaderos intereses de la nación”.

Movimiento cíclico

En la Argentina de la campaña electoral permanente, hay una mística del movimiento, pero de un movimiento dirigido hacia lo parlamentario, una acción que se cierra sobre sí misma y no tiene mayor proyectualidad. El supuesto medio cada vez más asumido como fin.

Los idealistas pierden sus valores más sagrados y los socialistas sus análisis materialistas, toda su actividad deviene mero instrumento al servicio de la promoción, de la batalla cultural. El ethos político argentino dominado por el campañismo impide la posibilidad reflexiva: todo es chicana, insulto, competencia, imitación, fanatismo.

Pero esto no se soluciona con mejores narrativas o discursos más precisos. Si seguimos creyendo que la crisis de Argentina es de naturaleza política y de carácter nacional seguiremos en esta espiral de amigo-enemigo, en la espera del milagro liberal de “las fuerzas del cielo” o de la revelación del o la líder que nos guíe hacia la Patria peronista.

LA PATOLOGIZACIÓN DEL ENEMIGO

Dar carácter de patología al otro, de acuerdo a la distinción amigo-enemigo, es un mecanismo que consiste en clasificar como enfermedad o desviación médica comportamientos, conductas o identidades. Se señala lo que sale de la norma, las propias creencias o simplemente lo que disgusta o enfada. Claro que nos enojamos e insultamos, a veces de formas poco correctas e indecorosas. Ese no es el problema, o en todo caso es otro problema, lo que queremos pensar es cómo se hace del insulto una práctica y del rechazo un modo de analizar la realidad.

En nuestra sociedad, la disciplina, el control y la represión también se ejercen a través de técnicas de normalización y regulación sobre la vida misma. Se trata de la necesaria violencia extraeconómica que refiere a la coerción y la fuerza del Estado utilizada para reproducir el modo de producción capitalista. Esto fue necesario especialmente durante la denominada acumulación originaria pero podemos ver aún su persistencia. Esta violencia no se ejerce directamente en la relación económica entre capitalistas y trabajadores, sino que es ejecutada por medios políticos o militares, a fuerza de leyes, violencia física directa e imponiendo una noción de normalidad. Ya se trate de expropiar de sus tierras a indígenas o campesinos para proletarizarlos, ya de disciplinar a los proletarios imponiéndoles una conducta específica, la justificación empleada es religiosa y/o científica.

Ya no se trata de si los pobladores originarios de este continente tienen o no alma como discutían siglos atrás. La burguesía mediante sus instituciones y discursos científicos (como los de la medicina y la psiquiatría) define qué es lo normal y lo anormal, creando así categorías no solo de desviación sino de enfermedad. Una vez patologizado, un individuo, un grupo de individuos o una población, las instituciones no solo pueden sino que deben intervenir para “corregirle” o “curarle”. Si se le encierra, reprime, o tortura es considerado por su propio bien.

En política, y parece que en Argentina “todo es político”, los insultos y las estigmatizaciones se han vuelto moneda corriente en una época donde escasean la reflexión y los argumentos. “Comunistas degenerados”, “kukas enfermos”, “liberales psicópatas”. De este modo, el problema no es el Estado sino que “el presidente es un loquito”, el problema no son las relaciones de producción capitalistas sino la locura. Evidentemente nos quieren decir que puede haber un capitalismo razonable así como un Estado cuerdo y coherente. Es en lo único que pueden diferenciarse de cara a la constante campaña electoral, en lo discursivo, porque a fin de cuentas administran, o anhelan administrar, la explotación, la miseria, el hambre.

El electorado se debate entre la libertad de expresión, la acusación, la corrección política y la penalización; puede, democráticamente, elegir todo a la vez sin percibir el absurdo. Horrorizarse por los insultos del presidente (en el primer año de Milei de las 739.000 palabras pronunciadass 4.000 fueron insultos) y a la vez señalar que son obra de un enfermo.

Cuando Alicia, en A través del espejo, se pregunta «si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes», Humpty Dumpty le responde: «La cuestión es saber quién manda... eso es todo».

Si hasta hace décadas atrás la homosexualidad era delito, hoy en nuestra sociedad de la tolerancia discursiva lo susceptible de ser amonestado es la homofobia. Los reaccionarios no se sienten cómodos con esto y sacan a relucir las armas de su enemigo: la libertad de expresión. De paso afirman que la homosexualidad es una enfermedad y ante la crisis de género propiciada por el mismo modo de producción que defienden culpan de tal “degeneramiento” al marxismo cultural. Del otro lado, la obsesión con el discurso, con que si es fóbico u odiante.

Si es enfermedad se puede curar, si es discurso de odio se puede acusar punitivamente de delito. Patologizar o penalizar la disidencia, la cuestión es quién hace las leyes y en qué momento.

La derecha exige su derecho a discriminar y estigmatizar. Juran que el igualitarismo es obra del comunismo, pero la igualación que temen es resultado de la igualación democrática y mercantil. No existe igualación forzada por los socialistas o por el marxismo cultural, ni siquiera en los países que llaman o se llamaron a sí mismos comunistas. Se trata de la igualdad de los vendedores privados de fuerza de trabajo. Nada más ni nada menos que la igualdad propiciada por el modo de producción capitalista.

Nos dicen que “la grieta es cognitiva”, entre “quienes razonan y quienes no”, entre “quienes tienen empatía y quienes no”. Pero resulta que quien no piensa como el acusador es acusado de no pensar y quien no empatiza como gusta el interlocutor es acusado de no sentir. Indignación selectiva: el otro está equivocado, está enfermo.

La locura como categoría política

Compartimos a continuación extractos de un artículo de Darío Cavacini publicado en Topía (los destacados son nuestros).

Si bien es cierto que a la locura se la asocia inmediatamente con padecimiento mental, no es una definición científica utilizada en el campo de la psiquiatría. Es una denominación de signo ideológico que sirve para identificar, rotular, agrupar y segregar a toda persona o grupo que altere el cotidiano funcionamiento de las sociedades.

El término proviene del latín locus, que significa “El que está en un lugar determinado, que no es el lugar correcto”. Padecer locura, estar loco, no sólo se refiere a haber perdido el juicio, sino a ocupar un lugar de exclusión social. Esta utilización del lenguaje se vincula también con la construcción histórica que se tiene acerca de la locura como extranjería, como aquello que proviene de otro lugar y no es nosotros.

En ocasiones a lo largo de la historia, sectores que representan la voz de lo normativo en la sociedad han tomado los conocimientos teóricos-prácticos del campo de la salud mental para describir a su otro político. Definiciones como loco, enfermo mental, psicótico o degenerado son utilizadas con frecuencia en el ámbito de la política para ubicar a toda persona o colectivo que esté en las antípodas de la propia concepción del mundo.

Este hecho adquiere una magnitud mayor cuando estas caracterizaciones provienen de los sectores que detentan lugares de poder, estableciendo simbolizaciones que no admiten fisuras ni repreguntas. La instancia normativa se sirve del discurso de la ciencia porque sabe que éste goza de una aceptación social unánime.

La validación al saber científico es prácticamente absoluta, no suele ser cuestionado por las leyes ni por las rebeliones populares, lo que, paradójicamente, también caracteriza al despotismo en la vida política. La utilización de la nomenclatura psiquiátrica para definir a ese otro político es una de las maneras en las que se enmascara el autoritarismo.

Una de las características principales de la locura es la ausencia de matices que nos permitan repensar nuestras ideas más arraigadas y poner en duda la rigidez de nuestros enunciados. Esa certeza absoluta y sin fallas, propia de la psicosis en el ámbito de la psicopatología y de las prácticas totalitarias en la política, es la que debería ser objeto de discusión.

La búsqueda de anular al otro político a través del discurso de la ciencia, genera un efecto paradojal. La patologización de ese otro pone al diagnóstico en el centro de la escena, adjudicándole todas las responsabilidades; lo que termina invisibilizando el contenido de los conceptos que ese otro utiliza para las decisiones de gestión. El foco debería estar puesto en cómo la materialización de esas ideas repercute en un mejoramiento o empeoramiento en las condiciones de vida de la mayoría de la población y no en diagnósticos que, en principio, no son posibles de aseverar.

Para que exista la razón, debe anteponerse la locura y viceversa. Es importante entender la lógica de este juego dialéctico, y cómo de acuerdo a los discursos hegemónicos propios de cada época, los parámetros que determinan una y otra pueden volverse aún más rígidos y arbitrarios. Y sobre todo cómo pueden ser utilizados desde lo normativo como un intento –infructuoso, por cierto– de invalidar a toda persona, sector político o institución que se oponga al propio imperio ideológico.

Por ello, resulta necesario contextualizar las definiciones de locura y normalidad entendiéndolas como complementarias para existir, y también los elementos y las personas que las definen en cada período de la historia, los intereses en juego y las consecuencias que acarrean en la vida de los destinatarios de tales abstracciones.

DESPEDIMOS A UN COMPAÑERO

El nuestro fue un vínculo de profunda confianza, no solo en lo que refiere a la amistad y el afecto, sino fundamentalmente a un hacer común basado en la curiosidad, el cuestionamiento de la realidad, así como la crítica de la comprensión propia y ajena al respecto.

Demasiado rápido llegó la enfermedad y, al contrario de lo que podría suponerse, no solo la amistad sino también la actividad común no hizo más que profundizarse. Su participación en las instancias de formación, las presentaciones, la publicación de artículos y libros, sus contribuciones a las producciones grupales en sus diferentes formas, no se detuvieron. Cuesta incluso recordar un encuentro personal desprovisto de conversaciones en torno a la crítica social. No era algo forzado. No se trataba de evadir la realidad más inmediata, sino afirmar las ganas de vivir y conocer. No era un hacer “a pesar de lo que toca”, sino hacer “con lo que toca”. Aceptar la realidad sin perderse en ella, sin abrumarse, asumir la dificultad paso a paso, de igual modo que la comprensión avanza determinación por determinación.

Romper con la naturalización de lo dado fue uno de los tópicos más recurrentes en las últimas conversaciones. La crítica de la economía y el método de producción de conocimiento que esta trae aparejada, el eje de nuestras últimas lecturas y elaboraciones compartidas. Creemos pertinente recordar las motivaciones de nuestro amigo. Más aún a sabiendas que de estar todavía con nosotros, encontraría el momento, de una forma u otra, de abordar dichas cuestiones.

Docente de oficio, contrarió aquel refrán que versa “casa de herrero, cuchillo de palo”. Quienes compartimos el ámbito de la biblio, nuestra casa, quedamos repletos de enseñanzas. Sus cuestionamientos fueron decisivos, y formaron parte de un proceso colectivo de nuevas lecturas y formas de conocer. Pero no se detuvo allí y, como decíamos, sus enseñanzas abarcaron la vida toda. Frente a la adversidad más cruda, nunca dejó de sorprendernos, de cuidarnos, de mostrarnos otras formas, apreciando cada rato compartido. Su gran sentido del humor estuvo presente hasta el final y, al igual que su uso de la palabra, era elaborado, preciso y nada ordinario. Lograba que todo a su alrededor fueran sonrisas, muchas veces desconcertadas, aunque no inoportunas.

Su recuerdo entristece, a la vez que reconforta, y sus ganas se vuelven contagiosas. Su pérdida nos conmueve, lo que no significa paralizar o cambiar de rumbo. Todo lo contrario.

Palabras dedicadas a la memoria de Mariano Serenelli, miembro activo de la biblioteca Alberto Ghiraldo y todos sus proyectos, fallecido en octubre de 2025.